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El café en las mañanas

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Todas las mañanas me despierto a las 6.45 a.m., sin excusa ni pretexto. A veces el despertador me ayuda, aunque muchas veces le gano y lo apago antes que suene.

Puede que esté de vacaciones, incluso enfermo o desvelado, pero eso no importa. Ya se me ha hecho una rutina despertar siempre a la misma hora.

La rutina matinal es siempre la misma: evacuar los intestinos, la vejiga ( no siempre en ese mismo orden), un regaderazo rápido, afeitarme (incluso sábados y domingos) y ponerme la misma ropa de siempre: pantalones de mezclilla azul, playera negra de algodón manga corta, y zapatos oscuros de lona tipo Crocs.

Necesito ese esquema para sentir que tengo un poco de orden en mi vida, aparte las jornadas son largas y quiero sentirme lo más cómodo posible.

Alguien podrán decirles que soy un tipo aburrido, pero la verdad no me importa lo que dicen. Si quiero hacer mi trabajo necesito seguir ese tipo de rutina. No tengo ánimos de estar perdiendo el tiempo con: “¿dónde quedaron mis zapatos? y el clásico: “¿quién tomó mis llaves”?

A mis 51 años no tengo absolutamente ninguna intención de hacer algún cambio en mi rutina, la mera vedad.

¿A qué viene a colación todo esto? (También soy un poco disperso, por cierto). Ah, sí, ya me acordé, a que últimamente alguien ha estado jugando con mis cosas en la oficina.

Me explico. A raíz de la pandemia, hace algunos años decidimos mudarnos a una casa más grande donde me pude dar el gusto de tener un pequeño espacio, aislado del ruido.

No es mucho, apenas un pequeño cuarto, pero para mi es suficiente.

Un lugar para trabajar con privacidad y silencio, y ya un poco más noche, cuando puedo relajarme, tomarme un cafecito, acompañado de mis libros y música favorita.

Un lugar donde entra una vez por semana la señora de la limpieza, con la encomienda de no tocar nada: “por favor” y “muchas gracias”.

Solamente Galatea, la perrita que rescaté el año pasado, me acompaña bajo la promesa de no hacer ruido mientras trabajo.

En mi santuario sólo puede estar lo mínimo necesario además de la computadora: una libreta y una pluma por si acaso, nada más.

Cuando termino mi trabajo dejo todo listo para el siguiente día.

Nada de tazas de café sucias, nada que perturbe mi estética maniática de un escritorio con lo mínimo necesario, perfectamente ordenado.

En fin, voy al grano. Desde hace una semana he notado cosas raras. Cosas aparentemente sin importancia.

La primera vez fue justo cuando llegué a mi escritorio, café en mano, a trabajar a las 9 am en punto.

Mi diccionario abierto a la mitad. Así nomás…

– “Amor… ¿Viniste a consultar el DRAE ayer en la noche?

– “No, para nada, ya sé que no te gusta que toquen tus cosas”.

– “No pasa nada, pero por favor, si tomas un libro, déjalo en su lugar”.

Al día siguiente, misma hora, fue una taza de café. Un espresso a medio terminar.

¿Me estoy volviendo loco? Anoche lleve la misma taza al fregadero y la lavé, estoy seguro.

Ya no le dije nada a mi esposa, para no causar molestias, pero empecé a preocuparme.

Y es justo eso lo que no me gusta, preocuparme; consume energía mental que podría estar usando para cosas más útiles.

Así empezó esta pequeña serie de sucesos inexplicables y molestos.

Les platico. En la casa vivo solamente con mi esposa, tres gatos, la perrita y un suegro de la tercera edad. Ninguno de ellos, me consta, acostumbra entrar a mi oficina a tomar café y agarrar mis cosas.

La tercera mañana llego y están las bocinas prendidas, reproduciendo música de piano; una de esas piezas que tanto me gustan.

Bueno…¡ya basta! A esto hay que ponerle solución.

Entro a Amazon y pido una de esas videocámaras que están conectadas todo el tiempo a internet. La escondo entre mis libros, en el mueble que tengo a espaldas de mi escritorio.

Cierro mi oficina con llave ( cosa que nunca hago) y me voy a dormir. Mañana veré que está pasando.

Cuarta mañana y está mi libreta de apuntes con la pluma fuente abierta. Sin nada escrito. Se puede ver una pequeña gota de tinta ya seca en el papel.

¡Caramba, esto ya es el colmo!

Entro a la página de la webcam y me pongo a avanzar rápido el video de toda la noche. Nada, nada, nada y de repente mi libreta aparece con la pluma encima.

Me regreso al principio y paso fotograma por fotograma todo otra vez y el brinco es muy evidente. Un momento el escritorio no tiene nada, y de repente, puf, la mentada libreta que les digo.

Alguien “hackeo” el sistema. Alguien está jugando con mi mente de la manera más infantil posible.

La única solución será pasar esta noche en vela. Atraparé al intruso, fantasma, alushe o lo que sea que se pone a jugar con mis cosas.

Me preparo como es debido: saco mi novela favorita, un termo de café, sintonizo en la Mac mi estación de música favorita.
Claudia ya se fue a dormir, le pedí que no me espere.

Van pasando las horas, se acaba el café y me está ganando el sueño. Saco mi libreta para escribir, me sirvo un espresso recién hecho, sintonizó una estación diferente.

Me pongo a escribir la historia de estos últimos días esperando ganarle al amanecer, pero me vence el sueño.

Cosa curiosa, en mi sueño recuerdo que mi madre me decía que mi papá acostumbrada hacer lo mismo que yo: sentarse a leer en la noche con una taza de café y una pequeña vela que le hacía compañía. Nada más falta que tuviéramos los mismos gustos musicales, ja.

Mi padre siempre fue un gran lector. Le encantaba regalar libros a diestra y siniestra. Tenía una voz ligeramente roca que a todos agradaba.

Sabía leer de forma pausada, entonando bien las frases, con mucha emoción. Creo que eso fue gracias a su trabajo de voluntario en la iglesia del pueblo.

De niño me gustaba escucharlo, aunque fuera un ratito, cuando se ponía a leer en la sala alguna cosa bíblica; y eso ya es mucho amor, porque he de decirles que soy agnóstico.

Meses después, cuando le dio el infarto cerebral y ya no podía leer – la embolia le había dañado parte de su cerebro – me regaló gran parte de su colección de libros.

-“David, veo las letras pero ya no entiendo nada. Cuídalos mucho. Espero te gusten”.

Despierto en algún momento de la madrugada y vuelvo a escuchar la voz de mi papá, justo a mi lado, leyendo un cuento que me gustaba mucho de niño.

Su voz me arrulla, me vuelvo a dormir.

Amanece.
6.45 am y el despertador suena muy fuerte como es costumbre.

Claudia se despierta y no ve a David en la cama. ¿Se habrá quedado finalmente en la oficina toda la noche?

Se pone su bata porque hace mucho frío y sale a buscarlo para darle los buenos días.

Tiene que cruzar el patio, está lloviznando un poco.

Escucha música desde su oficina. Lo ve.
Su cabeza recostada sobre el escritorio. Parece que duerme.

Lo toca, está frío, no se mueve.
Le acaricia el pelo, pero no responde.
En el escritorio, un café a medio tomar, su libreta abierta y la pluma todavía en mano.

Se ve sonriente.

Finalmente está escrita la historia que estaba tratando de contar.

 

 

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