Inicio Publicidad Hay recuerdos que tienen sabor a chocolate por las mañanas.

Hay recuerdos que tienen sabor a chocolate por las mañanas.

Un servidor, si mal no recuerdo, desde tercero de primaria se arreglaba para ir a la escuela solo. Me despertaba, me vestía, agarraba mi mochila, me preparaba un Cal-C-Tose y calentaba un pan de dulce. Ese era mi desayuno.

Cada mamá tenía su favorito: podía ser Quik, Chocomilk, Carlos V, Milo o el Cal-C-Tose.

Cada marca tenía su personalidad, su color, su lata, su promesa.

Y, aunque yo no lo pensaba así de niño, todas competían por algo mucho más valioso que un espacio en la alacena: competían por quedarse en la memoria.

Con el tiempo, muchas de esas marcas cambiaron.

Cambiaron sus empaques, evolucionaron sus logotipos, sus mensajes y su publicidad.

Algunas, tarde o temprano, se modernizaron para adaptarse a nuevos públicos, hábitos y formas de consumo.

Pero las buenas marcas que perduran en la memoria entendieron en su momento algo fundamental: no se trata de cambiar por cambiar, sino de evolucionar sin perder la esencia.

Ahí está la verdadera permanencia.

Una marca poderosa no es únicamente la que se ve actual.

Es la que logra seguir siendo reconocible aunque el mundo cambie alrededor.

La que puede renovar su imagen sin romper el vínculo emocional que construyó con las personas.

Y eso también aplica para la publicidad actual en este mundo digital.

La buena publicidad no depende solamente del medio.

Puede vivir en un anuncio de revista, en una etiqueta, en un espectacular, en un comercial de televisión, en un post de redes sociales o en una página web.

Lo importante no es únicamente dónde aparece, sino qué tan bien conecta con la gente.

Y eso se hace con buenos productos y con buena publicidad.

Porque una idea bien construida puede cruzar generaciones.

Puede pasar del papel a lo digital.

Del anaquel al recuerdo.

De la cocina de una casa en Acapulco a una conversación sobre branding en LinkedIn.

Quizá por eso, al ver esta foto vintage de estas latas, no pienso solamente en chocolate y en mi desayuno.

Pienso en mi infancia en Acapulco. En el cariño de mi familia. En esa promesa de desayunar sabroso y sano para echarle ganas en la escuela.

Las marcas que sobreviven no son las que nunca cambian, sino las que saben cambiar sin perder su esencia.

¿Están de acuerdo?

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